Los doce resultados básicos o la solución del misterio de la vida
– Símbolo 32
Y Dios vio que todo era muy bueno…
El círculo de color naranja simboliza la zona del principio mortífero donde todavía se encuentran los hombres terrenos. Es en esta esfera de la conciencia donde tienen lugar los destinos desdichados. Aquí ignoramos la realidad cósmica que hay detrás del mundo físico. Aquí surge la pregunta ¿por qué? La respuesta a la pregunta requiere conocimiento sobre la vida eterna

La estrella de color naranja de doce puntas ilustra que la vida y el universo son de una radiante perfección, visto desde la perspectiva de la eternidad.
Todos los seres vivos son inmortales y el sufrimiento nos conduce de retorno a Dios y a la experiencia de nuestra eterna comunidad con él. Sólo entonces ha terminado por completo el sufrimiento.
El universo es el organismo vivo de Dios, un organismo que todo lo abarca, dirigido y mantenido por leyes de amor eternas y perfectas. Nosotros cosechamos lo que nosotros mismos sembramos. Luego evolucionamos y recibimos enseñanza hacia el conocimiento de nosotros mismos.
Parte 1 de la estrella. Es difícil negar nuestra existencia. Este es el resultado n.º 1 de la solución del misterio de la vida. Estamos aquí. Lo mismo es válido para el universo. Negar esto sería lo mismo que negar nuestra propia existencia y la experiencia que hacemos del mundo a nuestro alrededor. Lo que existe es «algo». Si no, no se necesita ninguna explicación del misterio de la vida.
Parte 2 de la estrella. Cuando observamos nuestro organismo y el universo, se revela una serie interminable de causas y efectos. Esto se simboliza aquí con las figuras encadenadas.
Parte 3 de la estrella. La cadena de causa y efecto revela lógica y método. Nuestro organismo, ojos, manos, sangre, musculatura, esqueleto y desarrollo desde el estadio de feto al estadio de adulto físico, de hecho, todas las funciones normales de la creación cumplen un propósito útil en su resultado final.
Parte 4 de la estrella. Esta creación metódica revela la presencia de una conciencia. Hay «algo» que elige y, así, dirige los procesos creadores. Donde hay pensamiento presente, también hay vida. El universo está tan vivo como nosotros.
Parte 5 de la estrella. El método revela conciencia. La conciencia revela vida, y la vida revela un yo que hace experiencias, que manifiesta su existencia en forma de su conciencia y su organismo. Los pensamientos y la creación de ideas son propiedades de los seres vivos.
Parte 6 de la estrella. Cuando nos diferenciamos de la cadena de causa y efecto de nuestro entorno, usamos la palabra yo y esto (el triángulo blanco y el triángulo de colores). Esta distinción entre yo y esto es el primer encuentro con nuestro yo.
Parte 7 de la estrella. El otro y definitivo encuentro con nuestro yo tiene lugar cuando lo encontramos «fuera» de la infinita cadena de causa y efecto de la materia. El organismo son efectos de causas anteriores, mientras el yo existe tanto antes como después del nacimiento y muerte del organismo. El yo es una causa sin causa «antes» de lo creado, una experimentación eterna de las causas y efectos metódicos de la creación, el propio creador.
Parte 8 de la estrella. La vida constituye un principio trino eterno. La materia reveló pensamiento, el pensamiento reveló una facultad creadora que, a su vez, muestra a un creador. Estos tres principios: el creador, la facultad creadora y lo creado (la conciencia y la materia) no pueden separarse el uno del otro sin que las tres desaparezcan. Por esto, los tres aspectos son realidades eternas. No han surgido de la nada. Esto rige tanto para nosotros como para el universo.
Parte 9 de la estrella. El universo y nosotros cumplimos exactamente el mismo principio que rige para el principio un ser vivo. Los procesos creadores de la naturaleza no son menos lógicos ni metódicos que los nuestros. Todos atestiguan la presencia de la conciencia y, con ello, también de una facultad creadora y un creador. Los triángulos (la vida eterna) dentro de triángulos simbolizan que el universo está construido según el principio vida dentro de vida. Todos los seres vivos son eternos y, con ello, «a imagen de Dios», es decir, tienen la misma existencia eterna y estructura infinita que el propio Dios. Las formas de vida «más pequeñas» dependen del espacio vital y la naturaleza de una forma de vida «más grande».
Y las más grandes dependen, a su vez, de las más pequeñas para crear su organismo. Todas forman parte de una cooperación perfecta para mantener la conciencia y el organismo eternos de Dios.
Parte 10 de la estrella. La experimentación de la vida se crea. La creación requiere contrastes. Los contrastes fundamentales son la oscuridad y la luz, el bien y el mal. Un contraste no existe sin los otros.
Por lo tanto, la experimentación eterna de la vida se transforma y renueva de modo metódico entre estos contrastes en forma de una cadena eterna de ciclos, días y noches cósmicas, descrita como ciclo de espiral.
Parte 11 de la estrella. Toda creación surge de la causa sin causa, el yo, que es la causa más profunda de todos los movimientos, y regresa a ella. Por sí mismo, el yo está no manifestado, es quietud absoluta y, por consiguiente, ilimitado y omnipresente. La ley del destino, cosechamos como sembramos, comporta que todas las acciones sean en su resultado final un beneficio, una alegría y una bendición absoluta para todo y todos.
Parte 12 de la estrella. Todo es, así pues, muy bueno. Sobrevivimos todas las experiencias, tanto las oscuras como las luminosas. Todas son en el mismo grado para nuestro beneficio, dado que permiten que experimentemos vida eternamente. El único camino que lleva a experimentar este conocimiento pasa por el «amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo». Cuando esto sucede, vibramos en armonía con el tono básico del universo, el amor universal.
El símbolo, como totalidad, ilustra la conciencia eterna, viva, todopoderosa y rebosante de amor que mantiene el universo, la Divinidad eterna. Dios tiene eternamente dualidad de polos (no es hombre ni mujer, ver el símbolo 33 y 35), mientras que los hijos de Dios son durante su época de oscuridad de sexo masculino y sexo femenino, simbolizados con un polo primario (el sol en el centro de la imagen) y un polo secundario (el sol fuera del sol del centro). El aro amarillo-verde más externo representa aquí sentimiento intelectualizado, es decir, el amor que mantiene eternamente al universo en sus brazos y crece en el buscador de la verdad.
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